Hay fenómenos virales que desaparecen tan rápido como llegan y otros que, precisamente por su aparente frivolidad, dicen mucho sobre la sociedad que los convierte en tendencia. El reciente «¡Oh, Ferrán!, ¡Oh, Ferrán!» pertenece a esta segunda categoría.

Todo comenzó durante el Mundial. En uno de los vídeos que circulaban por TikTok, una joven reaccionaba a la alineación de la selección española pronunciando el nombre de varios jugadores hasta detenerse en Ferrán Torres con una exclamación que terminaría recorriendo millones de pantallas: «¡Oh, Ferrán!, ¡Oh, Ferrán!». La espontaneidad del momento, unida al rendimiento del delantero durante el campeonato, especialmente en la final del campeonato, hicieron el resto. El audio comenzó a reutilizarse de forma masiva, multiplicando montajes, memes y vídeos que ya no hablaban únicamente del futbolista, sino, sobre todo, de su atractivo físico.

No hay nada censurable en reconocer que una persona resulta atractiva. Tampoco en que un comentario espontáneo termine convirtiéndose en un fenómeno de internet. El problema comienza cuando el foco deja de estar en la persona para concentrarse casi exclusivamente en su cuerpo. Cuando un deportista que acaba de proclamarse campeón del mundo deja de ser analizado por sus goles, su liderazgo o su talento y pasa a convertirse, fundamentalmente, en un objeto de deseo colectivo.

Es precisamente ahí donde el fenómeno deja de ser anecdótico para convertirse en un interesante caso de estudio sobre cómo entendemos hoy la igualdad.

Durante décadas, con razón, se ha denunciado la cosificación de las mujeres como uno de los mecanismos que sostienen la desigualdad de género. La publicidad, el cine, la televisión o las propias redes sociales han reducido con demasiada frecuencia la identidad femenina a su apariencia física. Se ha criticado acertadamente que una mujer pueda convertirse en un cuerpo antes que en una persona.

Sin embargo, cuando procesos muy similares recaen sobre hombres, la conversación pública suele cambiar de registro. Se interpreta como una simple broma, una inversión simpática de los papeles tradicionales o una consecuencia inocente de la cultura digital. Pero la naturaleza del fenómeno no cambia porque cambie el sujeto que lo experimenta.

La cosificación consiste, precisamente, en reducir a una persona a la condición de objeto. En hacer que su principal valor social resida en el cuerpo que posee y no en la persona que es. Esa definición no depende del género de quien la sufre.

Naturalmente, sería un error ignorar el contexto histórico. Las mujeres han soportado una cosificación estructural mucho más intensa y prolongada, vinculada a relaciones de poder que siguen teniendo consecuencias reales. Esa realidad no desaparece porque hoy podamos identificar ejemplos de cosificación masculina. Pero tampoco esa historia convierte en aceptable cualquier proceso de cosificación cuando el protagonista es un hombre.

Sería un error interpretar esta tendencia como un avance hacia la igualdad. Que ahora también haya hombres convertidos en objeto de deseo colectivo no corrige un problema; simplemente lo reproduce sobre otro protagonista. Si de verdad aspiramos a una sociedad más igualitaria, el objetivo no puede ser ampliar quién es cosificado, sino reducir la aceptación social de cualquier forma de cosificación.

El caso de Ferrán Torres resulta especialmente ilustrativo porque muestra cómo funcionan hoy las redes sociales. El algoritmo premia aquello que genera interacción y el deseo genera mucha interacción. Poco a poco, el deportista desaparece y emerge el personaje. La persona queda sustituida por una imagen; la trayectoria, por un meme; el individuo, por un cuerpo sobre el que miles de desconocidos proyectan comentarios, bromas y fantasías.

Muchos responderán que todo esto no deja de ser humor. Probablemente tengan razón en parte. La inmensa mayoría de quienes participan en esta tendencia no pretenden ofender ni menospreciar al futbolista. Pero las dinámicas sociales no se explican únicamente por la intención de quienes participan en ellas, sino también por los efectos que producen.

Normalizar que una persona pueda convertirse en objeto de consumo colectivo porque resulta atractiva supone reforzar exactamente la lógica que llevamos años intentando combatir en otros ámbitos. Cambia el protagonista, pero no el mecanismo.

La verdadera igualdad no llegará cuando hombres y mujeres sean cosificados por igual. Llegará cuando dejemos de considerar aceptable cosificar a cualquier persona. Quizá esa sea la pregunta que conviene hacerse cuando una tendencia como esta se vuelve viral: ¿nos estamos riendo con una persona o estamos reduciéndola a aquello que más clics genera? La respuesta debería importar igual, independientemente de si quien aparece en pantalla es una mujer o un hombre.